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SOUTH AMERICA ------------------------------------528TRIP IDEAS | |||
Reivindicar la hoja: viaje por Sudamérica tras la huella viva de la cocaEn el corazón de La Paz, entre el aire frío del altiplano y las calles empinadas que parecen nunca acabar, la hoja de coca respira sin culpa. En los mercados de Villa Fátima y Rodríguez, las vendedoras aimaras acomodan montones de hojas verdes sobre mantas coloridas, junto a velas, sahumerios y figuras diminutas de la Pachamama. La coca aquí no se esconde ni se teme; forma parte de la vida diaria como el té de manzanilla o la papa hervida. Bolivia es el punto de partida de esta travesía porque es el país que más ha defendido la dignidad de la hoja. Desde hace décadas, el discurso oficial del Estado —reforzado por movimientos campesinos e indígenas— ha insistido en que la coca no es cocaína, que su historia es milenaria y su uso ancestral. Esa diferencia, tan obvia y al mismo tiempo tan negada por el resto del mundo, sigue siendo el centro de un conflicto político, económico y cultural que atraviesa todo el continente. En el barrio paceño de Villa El Carmen, el olor a hojas secas y a tierra húmeda flota en el aire. A pocos kilómetros, en los Yungas, la hoja crece bajo la sombra de los plátanos y el murmullo de los riachuelos. Es un paisaje de colinas verdes donde los campesinos recogen las hojas con cuidado, las extienden al sol y las empaquetan en sacos que pronto llegarán a la ciudad. “La coca no es mala”, dice Don Marcelino, un productor de Coroico, mientras levanta un puñado de hojas frescas. “Mala fue la manera en que la miraron desde afuera, los que nunca la probaron.” El país ha vivido décadas de tensión entre la tradición y la prohibición. Las políticas internacionales, impulsadas sobre todo desde Estados Unidos, buscaron durante años reducir los cultivos, mientras que los sindicatos cocaleros —encabezados por figuras como Evo Morales— reclamaron el derecho al cultivo y al comercio interno. Esa batalla dejó cicatrices, pero también consolidó una identidad: la de un pueblo que defiende su planta sagrada como parte de su soberanía cultural. En las montañas cercanas a La Paz, las ceremonias a la Pachamama aún se inician con un pequeño k’intu: tres hojas de coca dispuestas con simetría, ofrecidas al viento antes de empezar cualquier viaje o cosecha. La hoja acompaña los nacimientos, los entierros, los contratos de trabajo y las reuniones comunales. “Sin coca, no hay palabra”, dice una mujer mayor durante una celebración en la localidad de Coripata. “Con ella se conversa, se piensa, se pide permiso.” Pero Bolivia también enfrenta contradicciones. En los últimos años, la expansión de los cultivos en regiones como el Chapare ha generado tensiones con sectores que temen que la frontera entre el uso tradicional y el desvío ilícito se vuelva difusa. Aun así, el gobierno insiste en la “racionalización” de la producción: permitir lo suficiente para el consumo cultural, religioso y medicinal, pero no más. El desafío radica en medir un límite que es tan político como simbólico. El visitante que recorra este país comprenderá que la hoja de coca no solo tiene historia, sino también futuro. En laboratorios de Cochabamba se experimenta con infusiones, energizantes y cosméticos a base de coca, parte de un esfuerzo por resignificar su imagen ante el mundo. Y en cafés paceños, jóvenes emprendedores ofrecen galletas, pasteles y bebidas con extracto de coca, reivindicando su sabor amargo y terroso como una seña de identidad. La ruta comienza aquí porque Bolivia enseña la lección esencial: que la coca no es una reliquia del pasado ni una planta maldita. Es una hoja viva que resume siglos de resistencia y esperanza. Y entenderla, más allá del prejuicio, es comprender también el pulso profundo de los Andes. II. Perú: la memoria verde del imperio En el Perú, la hoja de coca no solo se mastica: se venera. En los pueblos del altiplano, entre Cusco, el Valle Sagrado y Puno, sigue siendo parte de una conversación milenaria entre los hombres y las montañas. Los incas la consideraban un regalo divino, un puente entre el mundo humano y el de los dioses. En los templos y en las chacras, la hoja acompañaba los rituales de agradecimiento, las curaciones y los juicios. Y aunque la modernidad intentó arrinconarla en la categoría de “droga”, en estas tierras todavía guarda su dignidad intacta. En Cusco, las mañanas comienzan con olor a incienso y a hoja seca. En el mercado de San Pedro, mujeres quechuas venden pequeños atados de coca envueltos en papel periódico. Los turistas las observan con curiosidad, a veces compran un poco para combatir el mal de altura, sin sospechar que están participando, aunque sea de forma superficial, en una práctica ancestral. “La coca abre el pecho y despeja la cabeza”, explica Rosa Huamán, vendedora desde hace tres décadas. “Pero también te hace pensar bonito. No es solo para el cuerpo; es para el corazón.” En los pueblos del Valle Sagrado —Pisac, Ollantaytambo, Chinchero— los campesinos llevan hojas en los bolsillos como quien guarda un amuleto. Antes de iniciar una jornada de trabajo, toman tres hojas y las ofrecen al apus, el espíritu de la montaña. La práctica se llama ch’allay, y simboliza el diálogo entre la tierra y el hombre. Quien no ofrenda, dicen, pierde el equilibrio. A unos kilómetros, en las alturas de Puno, la coca se mezcla con la fe católica en una síntesis que solo el Ande puede sostener. Durante la fiesta de la Virgen de la Candelaria, algunos devotos mastican hojas durante las procesiones; otros las colocan discretamente en los altares. Es una forma de mantener viva la dualidad del sincretismo: la hoja de los dioses antiguos junto a la imagen de una virgen española. El antropólogo cusqueño Luis Callapiña resume el fenómeno así: “La coca es un código. Enseña cómo vivir en comunidad, cómo respetar la montaña, cómo hablar sin gritar. No es una planta cualquiera, es una manera de pensar”. Esa definición condensa lo que el Estado peruano intenta rescatar desde hace años, con políticas que buscan diferenciar el uso tradicional del narcotráfico, aunque con resultados dispares. El país enfrenta su propio dilema: mientras en los Andes la coca se mantiene como símbolo espiritual, en la Amazonía central y el Alto Huallaga la planta sigue asociada a los cultivos ilícitos. Los esfuerzos por reemplazarlos con cacao o café han tenido cierto éxito, pero las comunidades señalan que el problema no está en la planta, sino en la economía que la rodea. “Nos piden que sembremos otra cosa, pero el mercado no paga igual”, dice un agricultor de Tingo María. “La coca es lo único que nos asegura comida.” En el Cusco contemporáneo, sin embargo, hay señales de renacimiento. Algunos colectivos juveniles promueven el uso gastronómico y medicinal de la hoja. En cafés alternativos se sirven infusiones de coca con miel y limón; en ferias artesanales se venden jabones, ungüentos y chocolates con extracto natural. No es una moda pasajera, sino un intento de reconciliar al país con una parte de sí mismo. “Cada vez que mastico coca, siento que vuelvo a hablar con mis abuelos”, dice un maestro de escuela en Pisac. “Ellos me enseñaron que la hoja escucha. Si le hablas con respeto, te da fuerza.” Desde los templos incas hasta los mercados coloniales, la coca en Perú es una voz que resiste. Una voz que fue silenciada por siglos de prohibición y que hoy vuelve a ocupar su lugar, no como símbolo del delito, sino de sabiduría. III. Colombia: la hoja sitiada En Colombia, la hoja de coca carga una cruz que no le pertenece. Desde hace más de medio siglo, su nombre está atado a la violencia, al narcotráfico y a las guerras que devastaron regiones enteras. Pero mucho antes de que la coca se convirtiera en materia prima de un negocio global, ya era una planta sagrada para los pueblos que habitaban la selva y la montaña. En la Sierra Nevada de Santa Marta, los arhuacos y los koguis la llaman ayo. Para ellos, la hoja no se mastica por placer ni por costumbre, sino como una herramienta de pensamiento. El mambeo —la práctica de masticar la hoja mezclada con cal o ceniza de yarumo— acompaña los diálogos comunitarios y las decisiones colectivas. “El ayo nos conecta con la Madre Tierra”, explica un mamo (sacerdote espiritual) en la comunidad de Nabusímake. “Cuando mambeamos, pensamos bien; cuando pensamos bien, todo está en equilibrio.” En estas comunidades, la coca representa la palabra y la memoria. Los hombres la guardan en una pequeña mochila tejida que cuelga del hombro, junto a un poporo de cal. Cada vez que introducen el palillo en el recipiente, lo cargan con ceniza y lo frotan en el borde, dejando una capa blanca que crece con los años: el registro físico de cada conversación, de cada pensamiento compartido. Es, en sí mismo, un archivo espiritual. A cientos de kilómetros, en el suroccidente del país, la historia es distinta. En el Cauca y en el Putumayo, la coca es también un sustento económico y una herida abierta. Los cultivos se multiplicaron en los años noventa como consecuencia de la pobreza y el abandono estatal. Las fumigaciones con glifosato, impuestas durante el llamado “Plan Colombia”, destruyeron cosechas y enfermaron comunidades sin lograr su objetivo: reducir la producción de cocaína. En la región del Alto Naya, donde confluyen campesinos, afrodescendientes e indígenas nasa, la hoja es vista con ambivalencia. “Aquí la coca nos dio de comer cuando no había nada más”, dice una lideresa comunitaria. “Pero también trajo la guerra.” Su frase resume la tragedia colombiana: una planta que fue alimento y medicina terminó convertida en pretexto para el control territorial y la persecución. No obstante, Colombia también guarda un esfuerzo por recuperar el sentido original de la coca. En comunidades del Caquetá y el Putumayo, pequeños colectivos producen harina, té y ungüentos a base de hoja natural. Algunos, como la Asociación de Productores de Coca de Aponte, han conseguido licencias legales para transformar y vender sus productos. “Queremos que la gente entienda que la coca no es el polvo blanco que mata”, dice uno de sus líderes. “Es una planta noble, y si se la respeta, puede dar vida.” El contraste es brutal. Mientras en los resguardos indígenas la hoja sigue siendo un símbolo de equilibrio, en las ciudades el término “coca” sigue despertando miedo. La política antidrogas de los últimos cuarenta años redujo el debate a una ecuación simplista: erradicar la planta para acabar con el crimen. Pero esa lógica ignora que detrás de cada arbusto hay una familia, una economía de subsistencia, una cultura ancestral. Los expertos advierten que la verdadera discusión no es botánica, sino social. “La criminalización de la coca ha sido el mayor error de la política antidrogas moderna”, afirma un investigador de la Universidad Nacional. “El problema no es la hoja, sino el modelo económico que la transformó en mercancía.” En los últimos años, nuevas voces han comenzado a cambiar la narrativa. En Bogotá y Medellín, se organizan ferias y exposiciones que promueven la desestigmatización de la hoja. Artistas, científicos y líderes comunitarios intentan reconstruir su identidad a través del arte, la gastronomía y el discurso político. “Reivindicar la coca es reivindicar la vida rural, la diversidad, la dignidad de los pueblos olvidados”, dice una artista visual que trabaja con pigmentos de hoja seca. La ruta de la coca en Colombia es, quizá, la más compleja del continente: una ruta que atraviesa el miedo y la esperanza, el dolor y la resistencia. Viajar por ella no es recorrer un mapa, sino enfrentar una historia de malentendidos, violencia y renacimiento. En sus montañas, selvas y comunidades se juega todavía una pregunta que nadie ha sabido responder del todo: ¿podrá el país reconciliarse algún día con su planta más incomprendida? IV. Ecuador: la hoja silenciosa En Ecuador, la hoja de coca no ocupa titulares ni despierta controversias. No es emblema político ni símbolo nacional, como en Bolivia, ni lleva sobre sí la carga trágica de Colombia. Aquí la coca vive en silencio, escondida entre los pliegues verdes de la Amazonía y en las oraciones bajas de los pueblos kichwas. Su presencia es tan discreta que muchos ecuatorianos urbanos apenas saben que forma parte de su territorio ancestral. A orillas del río Napo, en la comunidad de Ahuano, una mujer de mediana edad camina descalza por la tierra húmeda mientras carga una pequeña canasta de hojas secas. Su nombre es Mama Yura, y se presenta como yachak, sanadora tradicional. “La coca no se muestra al sol sin motivo”, dice. “Es una planta que se guarda, que se cuida. Se usa cuando se necesita claridad.” Aquí, la hoja no se mastica para resistir la altura, sino para abrir la mente antes de una ceremonia. Los yachaks la mezclan con tabaco, guayusa o cacao durante los rituales de limpieza espiritual. No hay producción a gran escala ni comercio visible: la coca en Ecuador se mueve en circuitos íntimos, familiares, donde cada hoja tiene propósito. En las provincias amazónicas de Pastaza y Morona Santiago, la planta es parte de un conocimiento que ha sobrevivido a la colonización y al extractivismo. En los cantos y relatos de las abuelas kichwas, la coca aparece como aliada de la palabra. “Antes de hablar con el bosque o con los espíritus del agua, se ofrece una hoja”, cuenta un anciano en Sarayaku. “Así se pide permiso. Así se abre el camino.” Ese respeto silencioso contrasta con las tensiones que el país ha vivido respecto a las plantas sagradas. A diferencia del Perú o Bolivia, Ecuador no ha impulsado políticas de reconocimiento cultural hacia la coca. Las leyes actuales la mantienen dentro del marco de sustancias controladas, aunque su uso tradicional en comunidades indígenas se tolera por costumbre. No hay campañas de desestigmatización ni programas estatales de promoción; su defensa ocurre casi en susurros. En Quito, sin embargo, un pequeño grupo de investigadores y herbolarios intenta rescatar la memoria botánica del país. En laboratorios de la Universidad Central, se estudian las propiedades nutricionales y medicinales de la hoja. “Tiene más calcio que la leche y más hierro que las espinacas”, explica una científica que trabaja con muestras traídas del oriente. “Pero la palabra ‘coca’ sigue siendo tabú.” En algunos espacios alternativos, la hoja empieza a reaparecer tímidamente. En ferias de productos naturales, se ofrecen infusiones andino-amazónicas que incluyen microdosis de coca. Los productores, sin embargo, evitan nombrarla directamente: la etiquetan como erythroxylum andinum, su nombre científico, para eludir la censura comercial. En las comunidades, el vínculo con la hoja es más espiritual que económico. “La coca enseña a respirar y a escuchar”, dice Mama Yura mientras sopla humo de tabaco sobre un cuenco de hojas frescas. “No se vende, se comparte.” El Ecuador amazónico enseña otra faceta de la hoja: la de una planta que no necesita reivindicación política para seguir viva. Su fuerza está en la memoria, en el gesto cotidiano de ofrecer una hoja antes de hablar con el bosque o con los dioses. Aquí, la coca no se defiende con discursos; se defiende con silencio. V. Argentina y Chile: la frontera del tabú En el norte argentino, a más de tres mil metros de altura, la vida se mide por el ritmo del viento y del sol. Allí, en las provincias de Jujuy y Salta, la hoja de coca no es símbolo político ni mercancía exótica: es parte del cuerpo. Los mineros la mastican para soportar el frío, los choferes la guardan en las mejillas para no dormirse en los caminos interminables, y las abuelas la ofrecen como gesto de bienvenida. En Purmamarca, al pie del Cerro de los Siete Colores, un hombre de rostro curtido vende pequeños bolsos de tela con hojas secas traídas de Bolivia. “Esto no es droga”, dice sin que se le pregunte. “Esto es lo que nos mantiene vivos.” A su alrededor, los turistas observan curiosos, sacan fotos, y algunos compran “para probar”, sin saber que ese simple acto forma parte de una historia de siglos. La coca llegó al actual territorio argentino junto con los pueblos kollas y omaguacas, que durante la época precolombina comerciaban con las comunidades altiplánicas. Con la colonización española, la hoja se convirtió en una herramienta indispensable para los indígenas sometidos al trabajo forzado en las minas de Potosí. Masticar coca era resistir el hambre, el cansancio y el dolor. Desde entonces, su uso se expandió como una costumbre inseparable de la vida en altura. Hoy, a pesar de estar incluida en la lista de sustancias prohibidas por la legislación argentina, su consumo es tan cotidiano que incluso las autoridades locales lo reconocen con cierta tolerancia. En los mercados de San Salvador de Jujuy o Tilcara, se vende sin esconderse. Las hojas cruzan la frontera desde Bolivia y Perú en bolsas de arpillera, transportadas por manos que saben que la planta no mata: acompaña. El contraste se vuelve más evidente cuando el sur del país —Buenos Aires, Rosario, Córdoba— mira hacia el norte con desconfianza. En la capital, la coca sigue asociada con la palabra “cocaína”, y esa confusión legal y cultural mantiene el tema atrapado en la ambigüedad. Sin embargo, en los últimos años, antropólogos, artistas y médicos han comenzado a hablar del acullico (el acto de masticar coca) como un patrimonio intangible que merece reconocimiento. El antropólogo jujeño Carlos Mamani lo resume así: “Mientras en la televisión hablan de narcotráfico, en los cerros la gente sigue trabajando con una hoja en la boca. No por rebeldía, sino por necesidad y respeto.” En Chile, la historia tiene un tono más tenso. Aunque el norte del país comparte con Bolivia y Perú un pasado andino profundo, la legislación chilena considera la hoja de coca una droga ilícita. Su tenencia y consumo son penalizados, incluso en pequeñas cantidades. Sin embargo, en la región de Arica y Parinacota, donde el altiplano no entiende de fronteras, la coca sigue circulando. Los aymaras y quechuas chilenos la usan en ceremonias agrícolas y rituales de agradecimiento a la Pachamama. En las ferias fronterizas, se puede conseguir discretamente, envuelta en papel o mezclada con otras hierbas. Nadie habla de “tráfico”: hablan de tradición. A pesar de las restricciones, existe un debate creciente en torno a la despenalización del uso ancestral. En 2022, organizaciones indígenas y académicos presentaron una propuesta ante el Congreso chileno para distinguir entre hoja de coca natural y derivados ilícitos. Argumentan que criminalizar la planta es criminalizar la cultura. Hasta ahora, la iniciativa duerme en comisiones, pero el diálogo ya está abierto. En el centro de Santiago, una mujer boliviana ofrece infusiones de coca en un pequeño café del barrio Patronato. Su clientela incluye estudiantes, migrantes y curiosos que buscan “algo natural para el mal de altura o el estrés”. “Aquí no es delito tomar té”, dice sonriendo. “Solo lo es decir su nombre.” En el fondo, tanto en Argentina como en Chile, la hoja de coca funciona como un espejo. Muestra las tensiones entre el Estado y la tradición, entre la identidad indígena y la cultura urbana. Es una hoja que revela las fronteras invisibles de América Latina: las que separan no a los países, sino a las mentalidades. Para unos, es superstición; para otros, supervivencia. Pero en los cerros del norte, donde el aire es tan delgado que cada respiro cuesta, la coca sigue siendo lo mismo que fue hace siglos: un pacto entre el cuerpo y la montaña. VI. Venezuela y Brasil: la frontera silenciosa de la coca En los márgenes del Amazonas, donde las fronteras se desdibujan entre ríos, selvas y comunidades dispersas, la hoja de coca tiene una presencia más discreta, casi invisible. No hay mercados abiertos ni rituales públicos como en Bolivia o Perú, pero sí una memoria viva que sobrevive en los pueblos indígenas y en las rutas ocultas del comercio amazónico. Venezuela: la planta invisible En Venezuela, el discurso oficial ha sido históricamente ambiguo. Por un lado, el país comparte frontera con Colombia, donde la hoja de coca tiene un papel dual —sagrado y criminalizado—; por otro, el Estado venezolano ha intentado mantener distancia del tema, asociándolo directamente con el narcotráfico colombiano. Sin embargo, en las comunidades indígenas del sur, especialmente en el estado Amazonas, la realidad es distinta. Entre los pueblos piaroa, yekuana y yanomami, la coca —conocida como koka, ipadu o yopo en sus variantes locales— forma parte de los rituales chamánicos y de las prácticas de comunicación espiritual. En algunas comunidades, las hojas se muelen con ceniza de plátano para crear una pasta suave que los hombres consumen durante las ceremonias nocturnas. No buscan euforia, sino claridad mental. La hoja, aquí, es maestra, no mercancía. Un líder indígena de Puerto Ayacucho lo resume así: “Para nosotros, la coca no tiene nada que ver con la cocaína. Es como el fuego o el agua: se puede usar para bien o para mal, depende de quién la toque.” Sin embargo, esas voces apenas se escuchan más allá de los límites del bosque. En Caracas, el tema es casi tabú. El gobierno ha promovido una política de “cero tolerancia” hacia los cultivos, pero no hacia el conocimiento ancestral. El resultado es una contradicción: los saberes tradicionales sobreviven, pero en silencio, sin reconocimiento legal ni protección cultural. Algunos investigadores venezolanos han comenzado a documentar esta relación sagrada. En publicaciones de la Universidad de los Andes y la Universidad Central de Venezuela se habla de la coca como un “patrimonio vegetal perdido”, una planta cuya criminalización impide comprender la sabiduría ecológica que contiene. En tiempos de crisis ambiental, ese silencio pesa más que cualquier discurso político. Brasil: la Amazonia que escucha Brasil ocupa un lugar singular en este mapa. No es un país cocalero, pero su vasto territorio amazónico lo convierte en un escenario clave para entender el futuro de la planta. En el Alto Río Negro, frontera natural con Colombia y Venezuela, los pueblos tukano, desana y baniwa utilizan la hoja de coca dentro de un sistema simbólico más amplio, en el que participan también el tabaco, el yagé (ayahuasca) y otras plantas sagradas. En portugués, la palabra coca casi no aparece en el vocabulario popular. En cambio, los pueblos amazónicos hablan de “plantas del pensamiento” o “hojas del habla”. Según el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro, “la coca es una herramienta de conexión, un idioma vegetal que traduce la selva a la conciencia humana”. En la práctica, algunas comunidades preparan una versión del mambe (hojas tostadas y pulverizadas) similar a la usada por los uitotos y tikunas de Colombia. Lo consumen en reuniones comunales o durante los relatos orales que transmiten la historia del clan. Es una forma de resistencia cultural frente a la homogeneización moderna. A nivel legal, Brasil mantiene la prohibición absoluta del cultivo y uso de la coca, bajo el mismo marco que prohíbe la cocaína. Sin embargo, dentro de las reservas indígenas, la aplicación de la ley es difusa. El Estado rara vez interviene, y los pueblos ejercen su autonomía espiritual. “No hay plantaciones, solo respeto”, dice un anciano baniwa. “Las hojas que usamos nacen del bosque, no del negocio.” En los últimos años, investigadores y ambientalistas brasileños han empezado a mirar la hoja con nuevos ojos. En el contexto de la crisis climática y la pérdida de biodiversidad, la coca representa no solo una planta cultural, sino una especie con valor ecológico: resistente, adaptada a suelos pobres, y simbólicamente ligada al equilibrio entre cuerpo y tierra. En la Universidad de Manaos, un grupo de jóvenes botánicos trabaja en un proyecto para registrar los usos tradicionales de la coca amazónica sin caer en la criminalización. “Si entendemos su historia, entenderemos también por qué la selva la protege”, dice la investigadora Helena Farias. “La coca es una frontera viva entre el conocimiento ancestral y la ignorancia moderna.” Así, tanto en Venezuela como en Brasil, la hoja de coca se mueve entre la sombra y la esperanza. No hay políticas de reivindicación ni rutas turísticas ni mercados visibles, pero sí una conciencia que germina lentamente: la de que la coca, en su forma más pura, es una planta de diálogo, no de conflicto. En la Amazonia, las hojas no se mastican para resistir la altura, como en los Andes, sino para entender la selva. Son otra manera de escuchar la tierra. VII. Reflexión general: la hoja que nos mira La hoja de coca es pequeña, discreta, de un verde que no llama la atención. Pero si se observa con cuidado, parece tener memoria. Ha sobrevivido a imperios, guerras, prohibiciones y fronteras; ha cruzado montañas y selvas, ha sido ofrenda y delito, alimento y estigma. Su historia recorre América del Sur como una línea invisible que une culturas, lenguas y geografías distintas en torno a una misma raíz: el vínculo entre el ser humano y la tierra. Desde los altiplanos bolivianos hasta la espesura amazónica brasileña, la hoja ha sido testigo de todo. Ha visto cómo el colonialismo la convirtió en instrumento de resistencia; cómo la modernidad la transformó en símbolo de delito; y cómo los pueblos originarios, silenciosamente, han seguido masticándola cada amanecer, preservando una tradición que no necesita leyes para justificarse. La coca no es una planta cualquiera. Es un espejo cultural. En Bolivia y Perú, refleja la dignidad de los pueblos que se negaron a renunciar a su identidad. En Colombia, expone la contradicción entre la riqueza natural y la violencia del narcotráfico. En Ecuador, sugiere una reconciliación posible entre el Estado y la cosmovisión indígena. En Argentina y Chile, muestra cómo el prejuicio puede criminalizar la costumbre. En Venezuela y Brasil, finalmente, revela que la espiritualidad amazónica aún guarda secretos que la política moderna no sabe traducir. En conjunto, la ruta de la coca es más que un recorrido geográfico: es un viaje moral. Quien la sigue, recorre los pliegues de un continente que todavía se debate entre lo sagrado y lo prohibido, entre la herencia y la culpa. En cada país, la hoja adopta una forma distinta —té, polvo, infusión, pasta, símbolo—, pero conserva una esencia inmutable: el diálogo con la naturaleza. Reivindicar la coca no significa ignorar los daños del narcotráfico, sino separar la planta de la estructura que la pervirtió. Significa entender que detrás de cada hoja hay siglos de conocimiento agrícola, de espiritualidad, de intercambio humano. Significa reconocer que el problema no está en la selva, sino en las decisiones que se tomaron lejos de ella. Cada tanto, surgen voces que piden despenalizar su uso, promover el turismo cultural o investigar sus propiedades medicinales. Pero más allá de las leyes y los mercados, hay una reivindicación más profunda: la de la memoria. La coca es una página viva del pasado que aún no se ha terminado de leer. En los valles de los Andes, una mujer quechua coloca tres hojas sobre una piedra y murmura una oración antes de que el sol aparezca. En un laboratorio en La Paz, un grupo de científicos estudia sus beneficios nutricionales. En un café de Santiago, una inmigrante boliviana sirve té de coca a quienes buscan “algo natural para el mal de altura”. En el Amazonas, un chamán prepara la pasta verde del ipadu mientras enseña a los niños a escuchar el bosque. Todos, de alguna forma, participan del mismo gesto: el de devolverle a la hoja su voz. Quizás, cuando el continente aprenda a mirar la coca sin miedo, entienda también algo esencial sobre sí mismo. Porque en su fibra hay una lección de equilibrio: no hay progreso sin respeto a la tierra, ni desarrollo sin identidad. La hoja, al final, no pide ser liberada; solo pide ser comprendida. Y mientras tanto, allá en los Andes, una brisa tibia hace vibrar los arbustos verdes. Es la respiración de una historia que todavía no termina. |
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Cinema, Red Carpets and Caribbean Charm
When: March 25-30, 2026
Where: Cartagena, Colombia
Highlights: Screenings, red carpets, and works
Explore More: Dive into Latin America’s oldest film festival set against Cartagena’s stunning colonial backdrop. Atte...
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New York Fashion Week – Fall/Winter 2026–2027
The Urban Pulse of American Fashion
When: February 11–16, 2026
Where: New York City, USA
Highlights: Runway shows by Ralph Lauren,
Explore More:
New York opens the main fashion circuit with cosmopolitan and pragmatic energy. It is the event that defin...
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The Rio Carnival 2026
Samba Spectacle
When: February 13 - 22, 2026
Where: Rio de Janeiro, Brazil
Highlights: Samba parades, extravag
Explore More: Welcome to the Rio de Janeiro Carnival - the biggest party on the planet! Carnival is nothing less than th...
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Bogotá Fashion Week 2026
The Key Platform for Colombian Sustainable Fashion
When: May 12–14, 2026
Where: Bogotá, Colombia
Highlights: A focus on sustainability and local
Explore More:
Bogotá is consolidating itself as a Latin American hub with an emphasis on conscious design and cultural ...
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Círio de Nazaré – Brazil’s Largest Religious Procession
Faith in Motion
When: October 11, 2026
Where: Belém, Brazil
Highlights: Millions join a moving procession honori
Explore More:
The Círio de Nazaré is Brazil's most moving expression of faith, an event where devotion becomes a hum...
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Semana Santa 2026 - Holy Week in Popayán
Devotion and Pageantry
When: March 29 – April 4, 2026
Where: Popayán, Colombia
Highlights: Religious processions, can
Explore More: Discover Colombia’s rich religious heritage during Holy Week in Popayán. Witness elaborate processions f...
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Super Bowl LX - American Football Final
Sport, Music And Spectacle
When: February 8, 2026
Where: Levi’s Stadium, Santa Clara, California, USA
Highlights: NFL cham
Explore More: The Super Bowl is the pinnacle of American sports and entertainment. Cheer alongside passionate fans, witne...
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Coachella 2026 - Music and Arts Festival
Music, Fashion and Desert Vibes
When: April 10 – 12 and April 17 – 19, 2026
Where: Indio, California, USA
Highlights: World-c
Explore More: Coachella is more than a music festival—it’s a cultural phenomenon. Experience performances by top arti...
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FILBo 2026 - Bogotá International Book Fair
Literature and Creativity
When: April 23 – May 7, 2026
Where: Bogotá, Colombia
Highlights: Authors, publishers, and read
Explore More: FILBo invites visitors to immerse themselves in one of Latin America’s largest literary gatherings. Atten...
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Pride Month 2026 - Global Celebration of Diversity
Color, Unity and Freedom
When: June 1 – 30, 2026
Where: Major cities worldwide
Highlights: Parades, music festivals, and
Explore More: From New York’s dazzling parades to São Paulo’s vibrant festivities, Pride Month celebrates diversity,...
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Festas Juninas – Brazil’s Winter Traditions
A Country Lit by Tradition
When: June 13 – 29, 2026
Where: Across Brazil
Highlights: A nationwide celebration honoring thr
Explore More:
The Festas Juninas are the warm embrace of the Brazilian winter, a season when the entire country ignites ...
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Parintins Festival – Amazonian Cultural Spectacle
Legends Come Alive
When: June 26 – 28, 2026
Where: Parintins, Amazonas, Brazil
Highlights: The vibrant competition
Explore More:
The Parintins Festival is a deep heartbeat born in the Amazon and resonating throughout Brazil, a celebrat...
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